miércoles, 30 de junio de 2010

DIEGO PORTALES PALAZUELOS

Nació en Santiago el 15 de junio de 1793. Era hijo de José Santiago Portales Larraín y de María Encarnación Fernández de Palazuelos Acevedo.
La familia Portales crecería hasta llegar a ser veintitrés hermanos y sus padres.
Diego, a quien el padre tenía destinado para la carrera eclesiástica, estudió humanidades en el Colegio Carolino, donde aprendió el latín con alguna perfección. En agosto de 1813, cuando abrió sus puertas el Instituto Nacional, Portales fue uno de sus alumnos fundadores, y permaneció en él hasta su clausura en octubre de 1814, habiendo alcanzado a rendir exámenes de filosofía y derecho natural.
Su padre lo instó para que siguiera la carrera de leyes y alcanzó a estudiar un año de derecho, pero al poco tiempo se empleó en la Casa de Moneda como ensayador de metales.
El 15 de agosto de 1819 se casó con su prima Josefa Portales y Larraín, la cual falleció en 1821. La pérdida de su esposa, a la cual amaba con todo su ser, produjo una honda transformación en su ánimo, y se hizo la promesa de permanecer célibe. De jovial y chistoso se convirtió en un misántropo. Buscó el lenitivo de la religión y se hizo penitente; visitando las iglesias diariamente.
Por aquel entonces ya estaba dedicado al comercio ya que, con un capital de $ 4.000 que le obsequió el abuelo de su mujer, adquirió paños y casimires que vendió en su propia casa, obteniendo una buena ganancia.


Después de su viudez y como una distracción a sus pesares resolvió establecerse en Lima. Se asoció con el comerciante José Manuel Cea y se embarcó para el Callao en 1822. Dos años permaneció en Lima, obteniendo excelentes resultados financieros, ya que al regresar podía considerarse como un hombre acaudalado, al mismo tiempo que lo había abandonado por completo su aire taciturno y había pasado de ser un viudo timorato y penitente a mostrarse como un hombre galante y muy bien vestido aficionado a los cortejos y saraos.
Gustaba de las “remoliendas”, en su casa o en las de sus amigos, o bien en lugares donde hubiera buenas “cantoras” y “tocadoras de arpa”. Era un buen bailarín de la zamacueca y le gustaba mucho tocar la guitarra y el arpa para acompañar a los músicos o para animar él mismo las fiestas. Según sus biógrafos, esas remoliendas nunca degeneraron en excesos.

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